Padre Carlos Mugica. A su memoria
11/05/2009 Se cumplen treinta y cinco años de su muerte.
Carlos Francisco Sergio Mugica nace el 7 de octubre de 1930 y muere asesinado en mayo de 1974. En pocos años quien pudo tener una vida regalada y sin problemas por la posición social de su familia, hizo una opción de vida que, por lo inesperada, queda en la historia de nuestro país como un ejemplo a imitar.
El transcurso del tiempo nos enseña a todos, hombres y mujeres, pobres y ricos, chicos y grandes, que en la vida hay que elegir. Siempre se elige. Y fue lo que hizo el Padre Mugica. Claro que su elección ha sido sublime.
Educado en el Nacional Buenos Aires de la Capital Federal, comienza la carrera de letras en la Facultad de Derecho, llegando hasta el tercer año de la misma. Pero estaba ocultando su verdadera vocación: él quería ser sacerdote. Ingresa así al seminario y ya ordenado, en 1954, comienza su recorrido por los lugares más pobres de la ciudad acercándose a las inquietudes del pueblo, a sus necesidades, a sus creencias políticas.
Gobernaba por entonces Juan Domingo Perón con el apoyo de un pueblo que, por primera vez, veía reivindicado en su gobierno mucho de lo que esperaron durante años sin ser escuchados.
En aquellos tiempos estaba al rojo vivo la pelea de Perón con la iglesia argentina, lo que producía en sacerdotes como Mugica un doloroso desgarramiento. Sin embargo Carlos mismo contaba que lo que lo conmovió y le hizo tomar su camino definitivo fue un cartel que decía: Sin Perón no hay patria ni Dios. Abajo los cuervos.
Así entendió como pensaba su pueblo. Sobre todo el más relegado, el más necesitado, que veía en el gobierno peronista la única esperanza concreta para ellos.
Y tomó su opción, la que ya no abandonaría, la que hasta el día de su muerte fue la síntesis entre su vocación sacerdotal y sus ansias de lograr un mundo mejor: la opción de los pobres.
Tuvo oposición inicial en el seno de su familia que no lograba entender (aunque lo admiraran) el cambio producido por ése joven rubio y atildado para quien imaginaran tal vez una vida distinta. Pero Carlos ya había tomado una decisión que no cambiaría. Comienza así a misionar en lugares alejados que le fueron mostrando la verdadera cara del país profundo, del país real que resultaba ser no el de los textos escolares sino el de la argentina postergada que ya caído Perón, permitió a las fuerzas dormidas despertar y, con toda ferocidad, arrancar al pueblo lo conseguido con fusilamientos, intervención a sindicatos, y tremenda represión a los sectores populares.
A comienzos de los años 60, comienza a trabajar en villas de emergencia. cuando la iglesia a consecuencia del Concilio Vaticano 2do. parecía haber tomado también el camino definitivo junto a los pobres que habia amado Jesus.
El padre Mugica asesora espiritualmente a grupos de la Juventud Estudiantil Católica entre los que se encontraban Gustavo Ramus,Fernando Abal Medina y Mario Firmenich, futuros miembros fundadores de Montoneros. Viaja a fines de 1967 a Bolivia para pedir la liberación de Regis Debray y Ciro Bustos, miembros de la guerrilla que respondía al Che Guevara que había encontrado la muerte en ése país y exigiendo al gobierno de turno la devolución del cadáver del guerrillero ejecutado.
Viaja a Europa en momentos que explota el llamado “mayo francés“, lo que lo lleva a reflexionar al ver la explosión juvenil que dejaba de lado la hipocresía, y que le permite tomar la decisión de plegarse al Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo.
De vuelta al país decide instalarse definitivamente en la Villa 31 para no abandonarla más. Si bien seguía ocupando la buhardilla que tenía en casa de sus padres, en uno de los mejores lugares de la Ciudad de Buenos Aires, su compromiso militante hizo que guarderías, bolsas de trabajo, comedores, talleres de títeres y teatro se convirtieran en la razón de ser de su vida.
Sucedía lo mismo con el compromiso político asumido con sus antiguos compañeros del Colegio Nacional en el peronismo combatiente empeñado en el regreso del General
Perón al país.
Sin embargo Mugica se daba cuenta que regresado el General a la Argentina debía abandonarse la lucha armada para lograr la integración de los sectores militantes que se enfrentaron en una lucha fraticida que ensangrentaba al país.
Su imagen intentó ser utilizada por Lopez Rega (Ministro de Bienestar Social), que le valió desencuentros tanto con la derecha como con los sectores de la izquierda peronista. Nada pudo cambiar su compromiso que lo llevó tanto a defender al Padre Carbone detenido por el asesinato de Aramburu, como a despedir los restos de Abal Medina y Ramus, abatidos por fuerzas policiales, y asistir al velatorio de los masacrados en Trelew.
Con una popularidad que crecía día a día en los sectores más humildes, comenzó a percibir que sus días estaban contados. La Triple A había ya firmado su sentencia de muerte en tanto que sus compañeros de otrora fueron dejándolo solo cada vez más.
Pero no le importó; ya había dicho reiteradas veces estar dispuesto a entregar su vida por su gente pero no a quitar la vida a nadie.´Sabía que iba a morir y lo tomaba como una ofrenda a Dios que el veía todos los días en las caritas de chicos hambrientos y en las de hombres y mujeres envejecidos por penurias y maltratos.
Cae asesinado por un comando de la Triple A este apóstol de poco más de cuarenta años en una tarde de mayo de 1974, pero queda como legado su ternura, su alegría, su ejemplo.
Si algo lo define y expresa en toda la magnitud de su entrega y sacrificio es la oración que el creara para comunicarse con Dios y pedirle a El, solamente a El:
“Señor: perdóname por haberme acostumbrado a ver que los chicos parezcan tener ocho años y tengan trece.
Señor: perdóname por haberme acostumbrado a chapotear en el barro. Yo me puedo ir, ellos no.
Señor: perdóname por haber aprendido a soportar el olor de aguas servidas, de las que puedo no sufrir, ellos no.
Señor: perdóname por encender la luz y olvidarme que ellos no pueden hacerlo.
Señor: yo puedo hacer huelga de hambre y ellos no, porque nadie puede hacer huelga con su propia hambre.
Señor: perdóname por decirles “no sólo de pan vive el hombre” y no luchar con todo para que rescaten su pan.
Señor: quiero quererlos por ellos y no por mí.
Señor: quiero morir por ellos, ayúdame a vivir para ellos.
Señor: quiero estar con ellos a la hora de la luz“.
El pueblo lo lloró. Los villeros exigieron llevar su cadáver a la villa donde sentían que pertenecía. La lucha continúa en cada carita sucia y desnutrida, en cada viejo dejado a su suerte por un sistema injusto, en cada hombre y mujer que saben, porque el Padre Mugica se los enseñó que es posible aquí, en la tierra, una vida mejor.
Lástima grande que a su oración le faltara una frase que ellos, los que dispararon no pueden entender como seguramente lo hacemos nosotros:
Señor: perdónalos, no saben lo que hacen.